Repasando los rankings históricos de España de 1965 en las pruebas de 800 y 1500 metros, salta a la vista en los primeros puestos el nombre de Joan Ripoll Rocasalva (1944). Los fríos datos de la federación registran su año de nacimiento, pero no el día de su partida: Joan nos ha dejado este pasado 19 de mayo de 2026 en Masnou.
Es muy probable que, para las nuevas generaciones, el nombre de Joan no les suene de inmediato como el de un gran atleta. Sin embargo, para quienes tuvimos el privilegio de coincidir y competir con él —como Alberto Esteban, Morera y yo mismo—, sabemos con certeza absoluta que era un corredor extraordinario. Si su nombre no llegó a lo más alto del palmarés internacional fue únicamente por el infortunio de una lesión que, en aquellos años, equivalía a una retirada prematura y forzosa: la rotura del tendón de Aquiles.
Tuve la suerte de mantener una relación muy directa con Joan. Viví en primera persona su talento y puedo afirmar, sin dudarlo, que casi siempre me ganaba; era, con mucha diferencia, el mejor especialista en mediofondo de nuestra generación. De no haber sido por las lesiones, no tengo reparos en asegurar que su nivel estaba a la altura del mismísimo Alberto Esteban.
Pero Joan no solo destacaba en las pistas por sus piernas; era un líder nato y todo un personaje. Lo conocí en persona en 1962, durante una maravillosa concentración en Donostia. Aquel encuentro fue el germen de una gran familia de atletas —Sola, Gayoso, Garriga, Rivas o Pedrerol, entre otros— que terminaríamos tejiendo una amistad inquebrantable que nos ha acompañado hasta el día de hoy.

Joan Ripoll (dorsal 10) llegando segundo en el 1.500m, tras el sueco Holberg, en un encuentro promesa Suecia-España en 1963 disputado en Tolosa con Jorge González Amo por detrás de ambos.
Fue precisamente allí donde apareció el bueno de Joan, consolidado ya como la gran figura de nuestra categoría. De aquellos días guardo una maravillosa anécdota que lo define a la perfección y retrata con humor la ingenuidad de nuestra época:
Al presentarnos ante el director de la concentración, una entrañable persona llamada Don José María Casero Picurio (Nuestro entrañable Director de La BLUME), este nos preguntó cuál era nuestro plan de entrenamiento de cara a la competición de la FISEC, que se celebraría apenas quince días después en Bélgica. Joan, con una tranquilidad pasmosa, le respondió que su plan consistía en «descansar». Ante el asombro del señor Picurio, Joan argumentó muy serio que ese era su método habitual: antes de una cita importante, se tomaba quince días de descanso absoluto.
A estas alturas de la vida no logro recordar si cumplió su palabra o no, pero lo que jamás olvidaré es que Joan ganó con autoridad aquel 3000 metros de la FISEC. (A mí me tocó conformarme con el tercer puesto antes de ser descalificado, pero esa es otra historia) .
Sirvan estas sentidas líneas no solo para recordar al atleta imbatible que fue, sino como un humilde, sincero y merecido homenaje a un gran AMIGO.
Descansa en paz, Joan.
