Cuando Eusebio Cáceres (Onil, 1991) expulsa el aire por última vez antes de aventurarse a la incertidumbre del pasillo sintético -tras solicitar al público que acompase con palmas cada uno de sus estudiados y enérgicos zapatazos-, cuando ajusta la puntera de la zapatilla a la tabla de batida, cuando se entrega horizontalmente a los brazos de la ingravidez, cuando su coreografía aérea convierte el foso en un océano de arena… los nostálgicos no posamos la mirada en los arrabales del número 8, solemne y luminoso en la modernidad del panel de referencia. La dirigimos dos décadas atrás, a los primeros escarceos con el profesionalismo del más longevo (y regular) de los saltadores españoles, un tipo que apresó el mítico dígito por primera vez el 20 de junio de 2009 (ganando el Campeonato de Europa por Equipos en Leiria), y por última el pasado 22 de marzo, en la final del Mundial bajo techo de Toruń, donde ocupó la octava posición.
Más que viejos (que también) nos sentimos afortunados. Testigos de una manifestación de perseverancia pocas veces vista. En estos 18 años, solamente tres cursos le vieron echar la persiana sin haber alcanzado la bonita marca, y no se quedó demasiado lejos: 2018, 7.97; 2020, 7.99 y 2023, 7.81. Si tenemos en cuenta las innumerables lesiones que le han acosado durante todo este tiempo (de la pandemia ni hablamos), el dato resulta increíble incluso para su protagonista: “Flipo cuando habláis de regularidad porque mi recuerdo es que… no saltaba. Quiero decir, ha habido años muy raros en los que, con mucho esfuerzo, apenas he hecho seis saltos entre todas las competiciones, y momentos en los que, sinceramente, pensé que mi carrera deportiva al más alto nivel se había terminado, que estaba limitado para el atletismo de élite”.
Por poner en contexto el asunto: Larry Myriks, que en un período de 19 años (1976-1994) saltó 18 más de 8 metros y en uno, 1977, es porque estaba lesionado; o el mismísimo Carl Lewis también saltó más de 8 metros durante 18 años (entre 1979 y 1996, todas las temporadas excepto 1993 y 1994, en las que no completó ni un concurso). Y el actual entrenador de Eusebio, Iván Pedroso. Lo hizo entre 1990 y 2007 (aunque en 1991 solo una vez, en Santiago de Cuba, y no se midió el viento), el saltador con mayor número de temporadas consecutivas + 8 metros de todos los tiempos: 17 o 18, el récord es suyo con o sin eventualidad ventosa. James Beckford tiene 15, Dwight Phillips 13 (las mismas que el plusmarquista mundial Mike Powell, que llega a 14 sumando toda su trayectoria), Miltiadis Tentoglou lleva 11… En un lugar privilegiado de esa mesa se sienta el alicantino. En clave nacional, señalar que Antonio Corgos encadenó 6 (en global se va a 12) y Yago Lamela 8.

17 años de diferencia entre las fotos de la izquierda (Superliga Europea en Leiria 2009 con 17 años) y la derecha (Mundial Short Track Kujawy Pomorze 2026 con 34 años)
Pese a la evidencia, Eusebio insiste: “Llevo mucho saltando 8 metros, pero la sensación real de saltar la perdí a los 24 años (2015)”. Las lesiones deformaron su naturalidad y, desde entonces, ha percibido que cada brinco era hijo de la velocidad, la fuerza, la entrega… todas ellas cualidades imprescindibles para un atleta de vanguardia, aunque nada tengan que ver con la fluidez, el feeling, si quieren: el más cristalino talento. Esquivando la fatiga, burlando al desaliento, no ha dejado de buscar. Y, por fin, “parece que la he recuperado, ahora es como empezar otra vez de cero”. Tanto que, en Polonia, en una final de las grandes (escenario que tan bien conoce), fue presa de la euforia y regresaron algunos de los “errores que a veces cometo, ya sabes, lo que me ha pasado siempre, que puedo saltar 7.50 u 8.20. Cuando tenga todo eso controlado, y además me encuentre fuerte y rápido, sé que me voy a escapar más allá del 8.19 de Valencia”.
Se refiere al bote de su victoria en el último Nacional. Allí, todavía con el dorsal puesto, en el corazón del Luis Puis, y después en zona mixta, atendiendo a una prensa que con justicia le demanda, ofreció muestras de inconformismo. Estaba contento, pero. Era un buen registro, pero. Un nuevo título (el 14º, octavo techado), pero. Magnífica impresión, pero. Tantos peros tenían su justificación en un entrenamiento de la semana previa en el que “por primera vez en mi vida me fui a los 8.30 (su personal best es 8.37). No me lo creía ni yo, pero había testigos. Lo midió José Antonio Ureña y lo medí yo, que prácticamente no quise ni mirar la cinta de lo nervioso que me puse… pero la medición era correcta, todos coincidimos”. Por eso no es de extrañar que desdeñe los 35 años que le caerán el 10 de septiembre, pues piensa “como si tuviera 20” y está convencido de que “quien manda es la cabeza. Si dice que va, el cuerpo va detrás. No me pongo límites, me encanta este deporte y disfruto muchísimo entrenando y compitiendo”.
Este reencuentro consigo mismo se metaforiza en su vuelta a casa, Onil, el pueblo de Alicante donde los atletas profesionales parecen surgir en cada esquina (Jorge Ureña, Andreu Blanes, Antonio Martínez, antes Javier Arqués…). Sigue las directrices de Pedroso, se graba en vídeo para que el mito, a distancia, pueda ajustar los desperfectos… “confío en este método de trabajo y, además, en las concentraciones sí que me junto con el grupo”. ¿Cuándo es la próxima? Nos interesamos. “Pues sé que hay una antes del verano, pero ahora mismo no me acuerdo”, responde risueño, relajado, con la misma tranquilidad que confiesa no sentirse agobiado por una feroz incongruencia de su fenomenal palmarés: no tiene ninguna gran medalla internacional en categoría absoluta, tras una juventud en la que cazó el oro europeo sub 23 y la plata mundial sub 20 (además de sendos bronces en el Campeonato del Mundo sub 20 y el de Europa sub 23, este último como integrante del 4 x100). Ha sido cuarto olímpico, mundial (además de 7º y 8º) y europeo (dos veces, a lo que añadir un 5º y un 8º). En cubierta dos octavos mundiales y otro cuarto europeo. “Dejando a un lado el hecho de que las lesiones me han impedido luchar por algunas de ellas, no tener una medalla en un gran campeonato no es algo que me haya matado; siempre me he centrado en saltar y estoy convencido de que, si lo hago a mi nivel, el resto saldrá solo”, sostiene antes de remarcar que, de todos esos tiros al palo, es la final de Moscú 2013 la que rememora con más cariño: “Di todo lo que tenía, mi máximo. Cometí errores que me impidieron ir más allá de 8.26, pero la sensación que tuve fue de mucha seguridad a la hora de saltar”.
Tras su enésima plaza de finalista mundial no se ha concedido apenas tregua. Tal es su motivación. Prefiere no parar y solventar cuanto antes los desajustes técnicos percibidos durante el invierno: “Necesito hacer el gesto automático y eso es algo muy complicado. Se trata de alinear la espalda durante el vuelo, lo que me cuesta mucho porque tengo unas vértebras que no están bien encajadas. Acabé el Mundial bien, con ganas, por eso quiero seguir entrenando, disfrutar lo que me está pasando. ¿Sabes por qué? Porque cada uno de nosotros tenemos un laberinto y tengo la sensación de que he llegado al centro del mío”.

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(por Francisco Javier Ascorbe - miembro AEEA)