Es de noche en Seattle y en una habitación de la Universidad de Washington Sofía Cosculluela tiene las maletas a medio hacer. Sobre la cama se acumulan camisetas, zapatillas, apuntes y recuerdos de una temporada que todavía no ha terminado. Hace apenas unos días se proclamó campeona de la NCAA en heptatlón, una de las competiciones universitarias más prestigiosas del mundo, pero la escena tiene poco de celebración grandilocuente. Mientras piensa qué llevarse de vuelta a España, piensa en el trofeo que acaba de ganar. “El trofeo de la NCAA está en la maleta, pero se va a quedar en la repisa de la ventana, al lado de mi cama”.
Lo dice con la misma naturalidad con la que habla de sus marcas, de sus objetivos o incluso de los Juegos Olímpicos. A sus 22 años, Sofía acaba de convertirse en la segunda española de la historia en conquistar el título NCAA y ha firmado con 6.182 puntos la tercera mejor marca española de todos los tiempos. Sin embargo, en ningún momento da la sensación de contemplar la victoria como una meta definitiva, quizás porque su carrera nunca ha sido una historia de atajos.
Mientras otras atletas parecían destinadas a la élite desde la adolescencia, ella fue creciendo paso a paso, sin grandes irrupciones, sin la etiqueta de prodigio y aprendiendo a convivir con la incertidumbre y con la paciencia que exigen las pruebas combinadas.“Me considero una atleta de progresión”, resume Sofía. Y basta repasar su trayectoria para entenderlo.

Séptima en los Campeonatos de Europa sub20 (2023) y sub23 (2025), una lesión de espalda en 2022 que frenó durante un tiempo su evolución. Años en los que el talento estaba ahí, pero los resultados, sobretodo a nivel internacional, todavía no dibujaban el futuro que hoy parece tan evidente. A pesar de ello, Sofía nunca dejó de avanzar.
En 2024 llegó el primer gran salto, superando por primera vez los 6.000 puntos y conquistando de paso su primer Campeonato de España absoluto en La Nucía. Un año después tomó una decisión mucho más compleja que cualquier competición: marcharse a Estados Unidos.
Cambiar de país siempre implica mucho más que cambiar de pista. Supone alejarse de la familia, de los entrenadores de siempre, de las rutinas conocidas y de una vida construida durante años. Significa aceptar que, durante un tiempo, todo vuelve a empezar. Pero si algo define a Sofía es precisamente su capacidad para adaptarse, de mantener la calma. “Todo ocurrió cuando tenía que ocurrir. Ese año ya intuía que era momento de cambiar de entrenador, porque sentía que quería más. Y justo entonces surgió la oportunidad de Estados Unidos, que me llegó como una señal para decidir entre quedarme o dar el salto.”
La fortaleza mental resulta evidente, pero la física aparece de forma casi silenciosa a lo largo de toda su carrera. Más allá de la lesión de espalda, pocas lesiones han interrumpido su progresión. Su cuerpo parece responder con una facilidad poco habitual a los cambios de carga, a los viajes, a las exigencias de una disciplina que obliga a rendir en siete pruebas distintas. “Tengo un cuerpo que se adapta bastante bien a las circunstancias”, reconoce. En Seattle encontró una forma diferente de entender el atletismo, con menos volumen, más calidad, entrenadores especializados trabajando en equipo y una planificación mucho más individualizada. La visión del heptatlón que no persigue crear siete especialistas, sino una atleta equilibrada.

Y es precisamente ese equilibrio lo que ha marcado su carrera deportiva hasta ahora, apareciendo constantemente cuando habla de su prueba, pero también cuando habla de sí misma. “No creo que exista la combinada perfecta”. Quizá por eso compite tan bien, entendiendo algo que las pruebas combinadas enseñan mejor que ninguna otra disciplina: siempre habrá algo que salga mal. Siempre habrá una altura que se quede corta, un lanzamiento que no vuele lo suficiente o una carrera que no refleje el trabajo realizado. “Siempre hay una prueba que se resbala, lo importante es no quedarse atrapada en ella”.
La campeona NCAA que acaba de sumar 6.182 puntos sigue recordando un lanzamiento de peso por debajo de lo esperado o unas vallas mejorables. Mientras los demás observan una actuación histórica, ella sigue viendo margen. “Aún hay más”, añade cuando repasa el mejor heptatlón de su vida hasta ahora. Esa forma de mirar hacia delante tiene mucho que ver con el entorno en el que creció. El deporte nunca fue una actividad aislada en la familia Cosculluela. Su hermana mayor también practicó atletismo, su melliza, Bárbara, aún posee el récord de España sub18 en pértiga y su hermano Paco es parte del equipo español de rugby seven. Entre ellos existe una relación en la que el rendimiento nunca parece más importante que el apoyo mutuo. “Tenemos una dinámica muy guay de deporte y de apoyo”, dice Sofía mientras sonríe acordándose de ellos. Quizá por eso la distancia con España nunca ha significado una ruptura.
Mientras la NCAA la ha convertido en una referencia internacional, sigue manteniendo la sensación de estar construyendo algo más grande que una temporada concreta, porque, aunque el curso universitario haya terminado, la temporada estival apenas comienza.
Le esperan los Campeonatos de España sub23 y absoluto, posibles compromisos internacionales con un Europeo absoluto en el horizonte, la gran oportunidad de vestir por primera vez la camiseta de #EspañaAtletismo en un gran campeonato absoluto si el ranking termina de acompañarla. Y un horizonte que empieza a asomar tímidamente cuando se le pregunta por Los Ángeles 2028. “Me da un poco de vértigo pensar que están ahí”, lo dice sonriendo, como quien todavía no termina de acostumbrarse a la dimensión de todo lo que está ocurriendo.

Antes, sin embargo, hay otros pasos. Un posible máster en Estados Unidos, otra nueva temporada universitaria y más heptatlones, más aprendizajes, nuevas oportunidades para acercarse a ese récord de España de María Vicente que cada vez parece menos lejano.
Quizás en todo esto resida la mejor definición posible de Sofía Cosculluela. No en los 6.182 puntos ni en el trofeo que descansa junto a una ventana en Seattle, ni siquiera en el título NCAA. Sino en esa manera tan suya de entender el éxito como una consecuencia y no como un destino. Al fin y al cabo, lleva años compitiendo en una disciplina que le ha enseñado que la perfección no existe. Quizás tampoco haga falta. Porque mientras sigue buscando ese equilibrio imposible entre siete pruebas, entre España y Estados Unidos, entre el presente y todo lo que todavía está por venir, las cosas continúan saliendo. Y el camino, como siempre, sigue abierto a todo el potencial que tiene dentro.

HISTORIAL DEPORTIVO DE SOFÍA COSCULLUELA